Candado con un símbolo de prohibición rojo sobre un fondo oscuro de circuitos, que representa la pérdida de privacidad digital

Qué complicado mantener nuestra privacidad en la actualidad

Por Juan Calzadilla|Opinión • Privacidad digital • Protección de datos • Redes sociales|

Vivimos en una época donde la privacidad parece un lujo. Se ha normalizado tanto perderla que muchos repiten la frase: “Yo no tengo nada que ocultar”. Pero esa idea ignora algo fundamental: no se trata de ocultar, se trata de tener derecho a una vida privada. Derecho a leer sin ser rastreados, a navegar sin que cada clic se convierta en un registro, a no ser vigilados por esas famosas “galletas” (cookies) que saben desde qué dispositivo nos conectamos, a qué hora lo hacemos y hasta qué miramos con más atención.

No busco criticar por criticar, sino invitarte a reflexionar sobre algo que nos afecta a todos; nuestra vida digital, nuestra intimidad y el simple hecho de poder hacer cosas sin sentirnos observados en cada paso.

Así que, sin más vueltas, vayamos directo al punto.

¿Qué entendemos realmente por “privacidad” y por qué muchos la confunden con “ocultar”?

La privacidad no es esconderse ni vivir con secretos. Es tener el control de qué compartes, con quién y cuándo. Sin privacidad no hay libertad, porque todos necesitamos espacios donde pensar, equivocarnos o simplemente estar sin que alguien nos observe.

Muchos repiten la frase: “Si no tienes nada que ocultar, no tienes por qué preocuparte”. Pero eso es un error. Como explica el experto Bruce Schneier en The Eternal Value of Privacy (Wired), la privacidad no se trata de ocultar cosas malas, sino de proteger tu dignidad y tu libertad de ser tú mismo. Puedes visitar su web a través del siguiente enlace: schneier.com (recuerda que visitar un sitio externo es bajo tu responsabilidad, no lo hagas si no quieres o no sientes confianza).

Ya en 1967, Alan F. Westin escribió en Privacy and Freedom que la privacidad es decidir por ti mismo qué parte de tu vida quieres mostrar y qué parte quieres guardar. En otras palabras, no es un lujo ni un capricho: es un derecho básico. Es un libro la verdad interesante, no está actualizado pero es un buen punto de partida si te interesa el mundo de la privacidad.

Entonces, ¿por qué las personas asumen que tener privacidad es ocultar cosas?

En gran parte porque así nos lo han vendido. Las grandes Big Tech y las redes sociales han instalado esa idea en lo más profundo de nuestra mente. Al final, la mayoría usa estas plataformas para entretenerse, presumir su vida, mirar la de otros o intentar ganar dinero a toda costa.

¿Y cómo funcionan esas empresas? Con datos. Tus datos, mis datos, los de todos. Empresas de publicidad y miles de marcas pagan por ellos porque es oro puro para vendernos lo que quieren. Pero claro, sería imposible sostener ese negocio si cada usuario decidiera negociar un precio por su propia información. Entonces, ¿cuál fue la fórmula mágica? Lo gratis.

Te dan acceso a cosas que parecen regalos: hablar con amigos, ver videos infinitos, comprar sin salir de casa, compartir fotos y sentirte parte de algo. Todo sin pagar ni un centavo. Pero detrás hay un truco. Las políticas de privacidad. Textos interminables que nadie lee, llenos de tecnicismos que hasta un abogado especializado tardaría días en entender. Cumplen con la ley, sí, pero en la práctica, la letra pequeña se convierte en un pase libre para recolectar cada clic, cada búsqueda, cada segundo de tu atención.

Mark Zuckerberg, en los inicios de Facebook, lo vendió como un espacio seguro para compartir con amigos. Y de alguna forma lo fue… hasta que nos dimos cuenta de que lo seguro o privado era solo para ellos, porque lo que en realidad estaba ocurriendo era la construcción del negocio más grande de datos personales de la historia.

El precio de lo “gratis”, cuando tus datos se convierten en negocio

Lo que nunca te dicen es que cuando algo es gratis en internet, el producto eres tú. Y no es una metáfora. Tus búsquedas, tus conversaciones, tus fotos, tus gustos, tus compras… todo eso se convierte en un perfil digital que vale millones.

El caso más famoso fue el de Cambridge Analytica, cuando se reveló que Facebook permitió que se recopilaran datos de más de 80 millones de usuarios sin su consentimiento para manipular campañas políticas. ¿El resultado? Elecciones y referéndums influenciados gracias a lo que la gente compartía “inocentemente” en su muro. (The Guardian)

Y no se trata solo de Facebook. TikTok, por ejemplo, ha estado en la mira por la enorme cantidad de información que recolecta, desde los videos que ves hasta los movimientos de tu pantalla y hasta la ubicación de tu dispositivo. En Estados Unidos, incluso el Congreso ha planteado restricciones por los riesgos de seguridad nacional que representa. (Forbes)

Google tampoco se queda atrás, sabe dónde estás, qué buscas, qué videos ves en YouTube, qué correos recibes en Gmail y qué aplicaciones usas en Android. Su negocio principal no son los buscadores ni el correo; son los anuncios dirigidos gracias a toda esa información.

Y aquí es donde entra el problema. Cuando aceptamos todo lo gratis sin cuestionarlo, terminamos creyendo que pedir privacidad es “ocultar algo raro” porque eso quieren que creamos. Pero la realidad es que reclamar privacidad es simplemente recuperar el control de nuestra vida digital.

Es por eso, que con el paso del tiempo, si quiero aportar a un creador o revista, si me lo puedo permitir, la pago. Si no, trato de no usarla con demasiada frecuencia. No es que deba ocultar nada, es que la verdad mucha de la información que saben de nosotros pueden en algunos casos meternos ideas en la cabeza que luego se transforman en paranoias (lo digo como algo personal).

¿Con toda esa información qué pueden hacer?

No está claro del todo lo que algunas empresas hacen con todos nuestros datos, porque no lo publicitan. Pero lo que sí se sabe es que muchas personas han visto aumentar su ansiedad, depresión y estrés desde que el uso de redes sociales se volvió parte de la rutina diaria.

Investigaciones respaldadas por organizaciones como la APA y un informe del Surgeon General de EE.UU. indican que adolescentes que pasan más de 3 horas al día en redes sociales duplican el riesgo de experimentar síntomas de depresión y ansiedad. (HHS.gov)

Yo lo sentí en primera persona. Dejé de tener las apps en mi teléfono, usarlas solo desde mi computadora con Brave para reducir lo que sabían de mí (solo porque no quiero darlo gratis, si me pagan me lo pensaría, pero sería mi elección). En la primera semana tuve insomnio, pesadillas, incluso la sensación de que “me estoy perdiendo algo” y una sensación de que no podía tener las manos sin el teléfono. Era algo parecido a una adicción. Y si esa reacción la tuve yo, que soy consciente de lo digital y no soy de estar conectado todo el tiempo, no me quiero imaginar lo que sienten quienes pasan horas y horas en Instagram, TikTok, Facebook o hasta pendientes de los estados de WhatsApp.

Un estudio de Iowa State encontró que cuando estudiantes limitaron su uso de redes a 30 minutos al día, ya en dos semanas reportaron mejorías reales: menos ansiedad, menos depresión, menos soledad, menos ese FOMO que te come. (iastate.edu)

¿Y qué podemos hacer?

La verdad, no existen fórmulas mágicas. Lo más realista es reducir las horas en redes sociales, cambiar hábitos y cuidar la información que dejamos expuesta. Como ya dije antes, no se trata de ocultar nada, sino de poner límites para que no cualquiera tenga acceso a nuestra vida sin pagarnos un centavo, mientras otros sí se llenan los bolsillos con nuestros datos.

Tampoco digo que abandones la vida digital, porque eso sería imposible. Lo que digo es que seas más consciente. Observa lo que haces, revisa lo que compartes y entiende la realidad. Si no ganas dinero con el sistema, el sistema gana dinero contigo.

En mi caso, hace años dejé de usar Google para mi correo electrónico. Desde 2018 le doy más uso a ProtonMail y cada tanto uso una VPN. No porque sea un paranoico, sino porque hay un detalle que muchos no saben. La empresa que más datos puede tener de ti no es Facebook, ni TikTok, ni siquiera Google. Es tu proveedor de internet y tu compañía de telefonía móvil.

Ellos pueden ver tu historial de navegación si lo desean, incluso cuando usas el modo “incógnito” del navegador. Si visitas tiendas online, comparas precios o consumes contenidos, chateas y demás, todo eso puede quedar guardado en sus sistemas. En muchos países esas compañías tienen permiso legal para vender esa información a terceros. Y lo más preocupante es que, si llegas a ser víctima de una filtración de datos, casi nunca te lo dicen de inmediato. Muchas grandes empresas solo reconocen un fallo cuando son descubiertas con las manos en la masa.

Por eso existen alternativas que buscan darle un respiro a tu privacidad. Servicios como Proton, que ofrece correo cifrado, almacenamiento y hasta un gestor de contraseñas, o NextDNS, que actúa como un escudo entre tu conexión y la red para bloquear rastreadores y cifrar tu tráfico. No son soluciones mágicas, pero ayudan a recuperar algo de control en un mundo digital que parece diseñado para observarnos todo el tiempo.

¿Cuál es el verdadero riesgo de no tener privacidad?

Bien, aquí entro en terreno más fangoso y espero no te dé miedo ni paranoia. El precio de tener una vida tan abierta es alto. Con las empresas al menos existen leyes que intentan regular lo que pueden hacer con tus datos, aunque siempre encuentren la manera de sacar ventaja. El problema real aparece cuando hablamos de los “ciberdelincuentes”, personas sin límites ni escrúpulos que viven de robar identidades, vaciar cuentas bancarias o incluso chantajear a víctimas con su propia información personal.

No exagero. Casos de suplantación de identidad se cuentan por miles cada año. Basta con que alguien tenga tu nombre completo, tu fecha de nacimiento y una copia de tu documento para intentar pedir créditos a tu nombre o abrir cuentas falsas. Y si a eso le sumas fotos públicas, direcciones o información laboral expuesta en redes, les das el paquete completo para arruinarte la vida financiera.

Otro riesgo es el phishing. Esos correos o mensajes que parecen venir de tu banco, tu compañía de teléfono o incluso de un amigo cercano. Gracias a la cantidad de datos filtrados en la red, estos ataques cada vez son más creíbles, y si caes en la trampa pueden robarte accesos o instalar malware en tu dispositivo.

Y no olvidemos el ransomware. Este tipo de ataque cifra todos tus archivos personales y luego te pide dinero para recuperarlos. Muchas de estas infecciones empiezan con un clic inocente en un enlace de redes sociales o una descarga “gratis” que parecía inofensiva.

El punto no es vivir con miedo, sino con conciencia. La privacidad no es un lujo, es una forma de defensa. Cuando compartes menos de tu vida y proteges tus datos, reduces las posibilidades de convertirte en blanco fácil.

Por cierto, en esta web aplico lo que cuento aquí. No uso cookies de rastreo y explico qué hago con tus datos en la política de privacidad.

Espero verte en mi siguiente publicación, gracias por leerme si llegaste hasta el final.